viernes, 11 de marzo de 2011

lunes, 22 de noviembre de 2010

La ópera flotante


Jamás mi vida es menos lógica
por el mero hecho de no ser ortodoxa.
J.B.

Me temo que John Barth no se equivocaba cuando dijo que comprender una cosa totalmente, por más nimia, requiere de la comprensión de todas las demás cosas del mundo. Esto significa que uno no puede comprender un gran misterio si no ha comprendido primero todos y cada uno de los pequeños misterios cotidianos. Lo que Barth está diciendo es que hay que comenzar por los gijarros, remontando el río de los misterios humanos (en una ópera flotante como la nave de los locos o como el Fidele de The Confidence-Man de Melville). Y entonces, casi en seguida, es el propio Barth el encargado de proporcionarnos el primer misterio a resolver: porque más o menos en la misma página puede leerse que todo es significativo y que al final nada es importante. Es decir, recorre las cosas y comprende las cosas de todo el mundo porque todo es significativo, de acuerdo, pero cuando llegues a la comprensión total de una cosa (¿Dios?) olvídalo pues al final nada es importante (¿sólo la novela, es decir, el camino?). Así es como funciona la sabiduría de las novelas: una vez que te convence de que la tienes te la arrebata de la forma más estúpida y, sí, maravillosa.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Los Apuntes del Topo: Cut-ups & Espontaneidad


Old Bull (William Burroughs)


Hubo dos ideas (ideas de esas que yo llamo ideas motor) con las que me topé por pura casualidad justo antes de ponerme a escribir mi primera novela, o en todo caso por el tiempo en que había comenzado ya a escribir los primeros fragmentos dispersos de mi primera novelano lo recuerdo bien. En cualquier caso, estuvieron ahí, en el momento preciso & en el lugar indicado, y desde entonces he pensado y repensado en ellas como si fueran preceptos religiosos, los luminosos enunciados de un karma, amuletos, mantras, talismanes—ya saben.
 
La primera fue la idea de que la realidad pero aún más la percepción mental de la realidad era discontinua, fragmentaria—la realidad es una «colección» & la mente un «recolector»—y me acuerdo ahora que Borges decía que de los sueños apenas conocemos el recuerdo que de ellos nos queda, es decir, que revivimos los sueños a través de la memoria, y me pregunto entonces si esta verdad incontrastable, si este mecanismo no se aplica también a lo anterior: quiero decir que me pregunto si alguna vez tenemos una experiencia directa de las cosas, o si todo está filtrado por alguna otra cosa. Volviendo a lo anterior, es como la teoría de Einstein pero aplicada al espacio, no al tiempo; al nivel del espacio(-tiempo) neuronal. En el campo más o menos general del arte, fueron la pintura y hasta las artes plásticas las que llevaban 30 años «cortando» o «recortando» o «recolectando» cuando a William Burroughs y su amigo Brion Gysin se les ocurrió que ya era hora de que la literatura se pusiera a tono—y no sólo eso, decidieron experimentar también con los recortes sonoros, no sólo musicales sino también de grabaciones de conversaciones en cintas magnéticas, adelantándose en mucho a los trabajos con samplers y loops (Frank Zappa fue otro de los pioneros en este sentido, y no es casual que maquinara sus innovaciones en un sótano muy parecido al bunker del propio Burroughs). Así fue como Burroughs concibió, junto con su alma mater experimental Brion Gysin, el método del «cut-up», un, si se quiere, nuevo y extremo sentido del conecpto de intertextualidad. El hecho de tomar a la mente humana como un «recolector» de fragmentos implica que el proceso creativo (in toto) forma parte siempre del argumento de un texto, sea una novela o cualquier otro texto «que cuente una historia»—que la escritura es siempre su propio objeto & fin—la forma determina el contenido: el estilo es el tema de todo escritor puesto a contar lo que fuera. Es como lo que dijo Yves Tanguy: «La pintura se consume ante mis ojos, descubre sus sorpresas a lo largo de su evolución. Y es eso mismo lo que me aporta una sensación de completa libertad». Y Pablo Picasso: «Si sabemos exactamente loque vamos a hacer, ¿para qué hacerlo?». Y también John Barth, aunque paresca lo contrario: «Una vez roto el hielo, las páginas saldrán una tras otra, pues por naturaleza soy expansivo y el problema será atenerse a la historia y al final callarme la boca». Porque toda mente artistica y todo proceso artístico necesita ser expansivo.
      Los experimentos sonoros, los ruidos en el vértigo se volvieron música de la misma forma que el caos (un caos ordenado) había adiestrado la mente narcótica & narcotizante (igual que su propia prosa) de Old Bull. Y no estaría de más recordar, de paso, que David Lynch (un lector asiduo de la obra de Burroughs) comienza siempre filmando un argumento que cabe perfectamente en dos o tres páginas para poner en marcha el simple pero a la vez complejísimo proceso de abrir los ojos a lo que pudiera ocurrir, a lo que pudiera suceder «mientras tanto».
      Todo esto se parece también a las largas caminatas por el bosque del viejo Henry Thoreau: pues él no vagabundeaba porque estuviera buscanco algo (esto se lo reservaba para sus trabajos de agrimensura) sino porque iba al encuentro de lo que pudiera ocurrir sin esperar nada.
      Como aquel viejo dicho que dice no esperes nada y se abrirán las puertas de todo.
      O algo así. Más o menos.


Fellahin (Jack Kerouac)


La otra idea es la de la prosa espontánea, frenética; la de secretas libretas garabateadas para uno mismo. Yo al comienzo llamaba a estas libretas «Graneros de las Ideas», pero luego me di cuenta de que lo que Jack Kerouac quería decir no era apuntar o retener para luego utilizar (aunque él mismo lo hiciera en algunas ocasiones), sino más bien todo eso a un mismo tiempo: apuntar—retener—escribir en largas sesiones musicales—jam sessions——————————como si de un concierto de grafía se tratara. Porque aquí no se está hablando de levantar una maldita catedral impoluta, sino de ir hacia delante, de sondear, de avanzar como un topo en la oscuridad, buscando y persiguiendo la luz: de largas sentadas nocturnas como sesiones de meditación.
      Porque está claro que para comprender las cosas, o para al menos acercarnos lo más posible a las cosas, hay que escribir las cosas, o filmar las cosas, o pintar las cosas, &c.
      Uno tiene una vaga, remota idea de en lo que va a estar trabajando los próximos meses—el personaje & el conflicto más o menos central—& entonces el resto viene con ese proceso de sentadas, mientras se hace una pausa y se estira el brazo hasta una tasa siempre al otro lado del mundo, en otro mundo.

Ambas ideas, bien pensado todo el asunto, están hablando de la «libertad» del proceso creativo: todo lo demás son reglas—incluso la corrección, algo que yo en particular disfruto mucho, en ocasiones despoja al texto de una agresividad o frescura originales (esto lo decía el propio Kerouac, que corregía, claro)—aunque también es cierto que en ocasiones puede resultar absolutamente necesaria para, justamente, explotar en el texto algo que no se aprovechó antes o que sencillamente no estaba antes. De hecho, creo que llegar a un punto medio en estas cuestiones parece ser lo más indicado: reconocer puntos que se podrían trabajar mejor en condiciones frías (y marcándolos con algun código secreto). A mi me gusta llamarlos branch (rama), y una vez que la marca queda asentada allí se queda, para ver qué logro hacer crecer allí más tarde.
      Soy un jardinero.
      Todo esto (y un montón de otros procesos que todavía desconosco) hizo posible que en algún momento pudiera dar por terminada mi primera novela—cuatro cinco meses de largas sentadas y los próximos dos o tres años haciéndole crecer ramas: y así es como se aprende a hacerlo: dejando crecer los retoños equivocados, cortando en el lugar que se cree apropiado o en el menos pensando, una y otra vez, una y otra vez, hasta que, sí: la catedral pero una catedral muy diferente está allí, con los innegables huesos de quien la estuvo construyendo esparcidos por allí, en todos lados… El escritor como un fantasma que de tanto en tanto entra en la habitación donde el lector está leyendo para tocar tres o cuatro notas alegres en un cornetín: eso lo decía Salinger.
       Libertad… Esto fue lo que hizo que desde al primero al último de mis libros de poemas fueran concebidos más como discos de estudio que como ninguna otra cosa: no es que parta de la idea de un libro de poemas sino que comienzo a escribirlos & continúo haciéndolo por dos o tres meses como si fuera una larga sesión de grabación—también como diarios—y entonces, al final de ese tiempo, escribiendo entre tres y cinco poemas por semana, a veces más, el libro está acabado: esos treinta o cuarenta poemas fueron escritos entre tal & tal fecha, en períodos—& eso, una vez más es todo. Luego pasa uno a una novela (que es como tocar en vivo) y luego a otra si se tiene algo de suerte & por fin se sienten esas ganas de regresar al estudio. Una & otra vez, una & otra vez, adentro y afuera, hasta que ya no quede tiempo—& todo lo que uno ve, lee, mira, oye, escucha, recoge, vive, recuerda, revive, sueña, presiente, &c &c &c, está en cada uno de esos libros: y es ese libro, y ese libro, claro, no podría ser ni haber sido ningún otro libro.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Kilgore (Bajo la luna, 2010): dedicatoria, índice & prólogo



Estamos completamente sanos
sólo que nuestras ideas son humanas.
KILGORE TROUT
(Escritor de ciencia-ficción descatalogado)



EN SEÑAL
DE MI ADMIRACIÓN A SU GENIO
ESTE LIBRO
ESTÁ DEDICADO A
KURT VONNEGUT



ÍNDICE

Prólogo o De por qué, en realidad, estoy dispuesto a admitirlo casi todo

Algunos fragmentos de la autobiografía de Kilgore: Die geheime schwarz-weiß Memoiren Kilgore Fanshaus. Von Kilgore Fanshau o Husmeando en las páginas de Las memorias secretas en blanco y negro de Kilgore Fanshau por Kilgore Fanshau

Historia de Kilgore o Una mascarada

Epílogo de Kilgore o De lo que un pájaro le dijo al héroe de esta singular narración el día de su cumpleaños

¡Ah, Kilgore! ¡Ah, humanidad! o Donde se transcribe lo que siguió al “Episodio de la naranja”

Nota final del infeliz manchado de tinta para todos los inocentes hacecillos indistinguibles de la nada o Hacia el epílogo del epílogo a través del sinuoso túnel azul, con una breve nota apreciativa a partir de un fragmento sumamente significativo de Matadero cinco seguida de Kilgore Trout o La máscara de Kurt Vonnegut

Agradecimientos o De monstruillos & sabiduría

(Apéndice de pura ciencia-ficción pulp:) El coloquio de los perros o De por qué mantener la boca cerrada es siempre lo más indicado (donde se transcribe la entrevista accidental que el autor de este libro mantuvo con un niño receloso en un vagón de tren de la HydroGenTravel & Co. a imitación, claro, del célebre parlamento entre Victor Frankenstein y el Monstruo en, por caso, algún lugar frío y seguramente inhóspito del Montvert)




PRÓLOGO O DE POR QUÉ, EN REALIDAD, ESTOY DISPUESTO A ADMITIRLO CASI TODO


Once centavos cuesta el algodón y cuarenta la carne.
¿Puede un hombre comer a esos precios?
Unos ruegan para que haya sol y otros para que llueva.
Las cosas irán de mal en peor hasta que nos volvamos locos.
CUARTETO LOS BACOS
(Los Bastardos de Cuatro Ojos)



Barnacle Bill, Dreadnought, Davy Jones, Flying Dutchman, &c &c &c –lo mismo que Tom de Timor, Jack de Nueva Zelanda, Morquean el rey del Japón, Don Miguel el cetáceo chileno y Mocha Dick, &c &c &c–, son todos nombres del argot de los marineros. Claro que esta no es una novela de marineros, o no lo suficiente al menos como para tener el derecho de reclamar ese título y justificar entonces un prólogo melvilliano o algo por el estilo. Y si bien es cierto que aparece un buque de carga clandestino de bandera marroquí, el Tintinnabulum se limita a entrar y salir, a aparecer y desaparecer en esta historia de la misma manera que suelen hacerlo el resto de los barcos en los puertos, digamos, bastante más a menudo de lo que uno podría imaginar.
Este librito –del que me disgustaría decir lo que me ha costado en dinero, malos ratos y tiempo– es, sí, tanto una payasada neuroticoaritmética –construida hacia el final en torno a cierto imperativo categórico–, a la vez humorística y bélica, como, en parte, en gran parte, el bosquejo antibélico quizás demasiado oscuro de la muerte por el fuego en muy pocas horas de una ciudad entera, de una insensata carnicería humana, a fin de cuentas.
Ya verán.
Kilgore, el presente monstruillo, hasta llegar a ser lo que es, franqueó el Maelström de lo que los antiguos griegos como Pericles y Anaxágoras llamaban –y los actuales biólogos, por pura pereza teórica, siguen llamando– metamorphösis; es decir que la transformación de la forma y el modo de lo que era en lo que es ahora este espécimen fue tan violenta que probablemente el animalito vertebrado y un tanto tímido del comienzo luzca ahora, detalles más, detalles menos, como un pulpo verneciano iracundo dentro de un exoesqueleto de cangrejo gigante, o algo así.
Kilgore Fanshau, el héroe de esta singular narración –alias también, por qué no, «El infeliz manchado de tinta»–, es, simplemente, uno más entre los miles de millones de bípedos implumes con halitosis que se pasean sin razón aparente de un lado a otro en las calles del mundo, aunque él, por momentos, se parezca a Bartleby, por momentos al viejo Walt Whitman y finalmente a… a… Bueno, a la gran mayoría de los bípedos casi al final del epílogo de sus vidas: sujetos rígidos, silenciosos, de color marmóreo y rodeados de maderas baratas aseguradas con clavos a seis pies bajo tierra, para que nadie oiga ni vea absolutamente nada –porque, al fin y al cabo, como le gustaba canturrear al bueno de Cimbelino: «Dorados jóvenes y muchachas, todos deben, como el deshollinador, volver al polvo».
Lo cual no es motivo para entristecer, claro, porque como señaló Hjalmar Arvid Boström en el entierro de Leon Trotsky Trout –hijo del célebre escritor de ciencia-ficción descatalogado Kilgore Trout, alias «El hombre invisible», alias «El genio americano escondido»– en Malmö, Suecia, en el año 1986 de nuestra era, con motivo de la muerte de aquél: «Oh, bueno, al fin y al cabo no iba a componer la Novena Sinfonía de Beethoven».
Por supuesto que Kilgore Fanshau tampoco iba a componer la Novena Sinfonía de Beethoven.
De ningún modo.
Y ahora, si me permiten, algo muy breve sobre una cuestión méramente técnica.
Porque para muchos infelices manchados de tinta escribir sobre un hecho histórico significa trabajar con materiales más o menos fijos y definidos; para muchos de ellos, también, el ejercicio consciente de la mímesis implica moverse, necesariamente, con lo que los buenos viejos románticos llamaban inspiración –algo que yo desde hace un tiempo no dudo en identificar con la más pura inventiva– restringida. Surge rápidamente, entonces, un fastidioso interrogante: ¿cómo se hace para atar los vuelos etéreos de la imaginación –de los que ya hablaba Mary Shelley en la introducción a la edición de 1831 de su Frankenstein o El moderno Prometeo en Standard Novels– a esas pesadas anclas? ¿Eh? ¿Cómo?
¿Cómo, cómo, cómo?
Y otra cosa más: este libro –salpicado un poco aquí y otro poco allá, por todas partes a fin de cuentas, de lo que los oscuros y divertidos medievales alucinados conocían como digretio– tiene dos comienzos y dos finales, correspondientes cada serie de ellos a dos ordenamientos diferentes del material: 1) el libro en sí, lo sustancioso y estable, que comienza con este prólogo y termina, como era de esperarse (aunque sin contar un agregado algo posterior, sorpresivamente titulado Apéndice de pura ciencia-ficción pulp), con una austera y metódica aunque, quiero creer, efectiva lista de agradecimientos; & 2) la fábula de Kilgore, lo intangible y volátil, que comienza con una invocación clásica o proemio y termina con el canto de un pájaro.
Más o menos.
Humm…
Todo esto ocurrió, más o menos.
Déjenme que les diga que ésa es la clave.
Ésa siempre es la clave.
Aunque todo esto ocurrió, también, porque como dijo alguien más alguna vez, al mismo tiempo que hablaba del amor y de las chicas guapas y de la música de New Orleans y de la de Duke Ellington, todo esto ocurrió, decía, por la sencilla razón de que me lo inventé de cabo a rabo.
Y eso no se llama esquizofrenia, no.
Eso se llama felicidad.
El gran Elston Gunn, por su parte, escribió que «El autor no está obligado a ceñirse a los hechos, pues la gente se cree cualquier cosa». Y eso es todo.
Gracias señor Gunn.
Así de simple y sencillo.
Y lo último o que me parta un rayo: esta es la única de mis historias cuya moraleja conozco –no es una moraleja extraordinaria, después de todo; incluso es muy posible que ni siquiera sea una moraleja en el sentido usual de la palabra, pero, si se lo piensa un poco, resulta ser algo muy parecido a una moraleja, algo que en todo caso puede sugerir una moraleja, lo cual, creo, ya es bastante–; la moraleja de esta historia, entonces, bien puede ser esta: hay un momento puntual en nuestras vidas en el que todo se vuelve extrañamente confuso, y es el preciso momento en que venimos a este mundo.
No leas mis cuadernos en mi ausencia, solía decirle Kilgore Fanshau al extraño que todas las mañanas fisgoneaba mercúrico desde el otro lado del espejo de su propio baño.
Regocijémonos, dijo alguna vez Kilgore Trout, célebre escritor de ciencia-ficción descatalogado.
Paz, dijo un millón de veces el viejo Kurt Vonnegut.
Eso es.


Eric Schierloh,
a mitad del invierno de 2005.

Algunos poemas de Lejos de tierra & otros poemas de Herman Melville


El presagio
(1859) [De Battle-Pieces, and Aspects of the War. New York: Harper & Brothers, 1866]

Colgando de la viga,
balanceándose lentamente (como la ley),
delgada es la sombra sobre tu hierba,
¡Shenandoah!
Ahorcado
(hete aquí, John Brown),
y entonces las puñaladas ya no sanarán.

Escondida en la capucha
está la angustia que nadie puede quitar;
entonces tu futuro se cubre el rostro,
¡Shenandoah!
La barba tupida está a la vista
(misterioso John Brown),
el meteoro de la guerra.



Lejos de tierra
[De John Marr and Other Sailors, With Some Sea-Pieces. New York: Theo L. De Vinne Press & Co., 1888]

¡Miren!, la balsa, una señal,
débil –hecha trizas–;
nadie sobre los amarrados maderos,
vivo o muerto.

Chilla un ave marina, revoloteando,
"¿Y la tripulación, y la tripulación?"
¡Y la ola, temeraria, errante,
barre otra vez!



Envío
El regreso del Señor de Nesle (16-- d.C.) [De Timoleon, Etc. New York: The Caxton Press, 1891]

¡Mis torres, por fin! Estos vagabundeos terminan,
su sed saciada en una escasez más larga:
el anhelo infinito retrocede,
¡qué espantosa es la tierra!

Kaf arroja sus afilados riscos a través de la niebla:
el Aras se hincha más allá de su cauce,
y el conocimiento que dejó la peregrinación
desborda las orillas del hombre.

Pero tú, mi soporte; tu amor eterno,
único y solitario bien, ¡que no perezca!
Hastiado de haber visto el enjambre del ancho mundo,
pero bendito al abrazarte.



Del capítulo XLVIII, Vol. I: "Algo bajo la superficie"
[De Mardi: And a Voyage Thither. New York: Harper & Brothers, 1849 (2 vols.)]

Pescamos, pescamos, alegremente nadamos,
no nos preocupa el amigo ni el enemigo:
nuestras aletas son firmes,
nuestras colas alzadas,
y por los mares vamos.

Peces, peces, somos peces de rojas agallas;
nada nos perturba, somos de sangre fría:
flotamos gracias a nuestras vejigas,
y siendo muchos, cada pez es un héroe.
No nos importa lo que sea esta vida
que llevamos, este fantasma desconocido:
nadar es sumamente agradable,
nadar hacia lo lejos, haciendo espuma.
Esta cosa de apariencia extraña a nuestro lado,
no por seguridad la vadeamos y escapamos:
su sombra es tan oscura, y eso es todo,
nosotros sólo nadamos bajo su protección.
¡Y las anguilas ahí arriba,
y las aves en el aire,
no nos preocupamos por ellas ni por sus caminos,
mientras alegremente nos deslizamos hacia lo lejos!

Pescamos, pescamos, alegremente nadamos,
no nos preocupa el amigo ni el enemigo:
nuestras aletas son firmes,
nuestras colas alzadas,
y por los mares vamos.



Del capítulo IX, "El sermón" 
[De Moby-Dick; or, The Whale. New York: Harper & Brothers, 1851]

Las costillas y los terrores de la ballena
alzaban sobre mí su lúgubre oscuridad;
mientras, pasaban las olas de Dios iluminadas de sol
y me llevaban a las profundidades para ser juzgado.

Vi abrirse las quijadas del infierno
con penas y dolores infinitos
que sólo puede contar quien los sufre:
oh, en la desesperación me hundía.

Sumido en negro espanto, clamé a mi Dios,
cuando apenas podía creer que era mío;
él inclinó su oído a mis lamentos,
y entonces la enorme ballena me soltó.

Voló deprisa en mi auxilio,
como cabalgando un delfín refulgente;
claro y terrible como un relámpago,
así brilló el rostro de Dios mi Salvador.

Mi canción por siempre contará
esa hora de terror y de alegría;
doy toda la gloria a mi Señor,
suya es la misericordia y el poder.



(Epitafio) 
[De "The Encantadas, or Enchanted Islands". En: The Piazza Tales. New York: Dix & Edwards, 1856]

Oh, Hermano Jack, que vas de paso,
como eres ahora, así fui yo una vez.
Tan animoso y tan jovial,
pero ahora, qué pena, han dejado de pagarme.
Ya no puedo atisbar con mis ojos entornados,
y aquí me tienes… ¡Cubierto de escoria!



Billy en cadenas
[De Billy Budd and Other Prose Pieces (Raymond Weaver, ed). En: The Works of Herman Melville, Vol. XIII. Standard Edition. London, Bombay & Sydney: Constable, 1924]

El bueno del capellán ha acudido a la celda solitaria
y se arrodilla y reza
por los que están como yo, Billy Budd. Pero miren:
¡el resplandor de la luna se cuela por la tronera!,
toca el machete del centinela y platea ese rincón;
sin embargo morirá mañana, en la aurora del último día de Billy.
Porque mañana harán de mí una joya,
una perla colgada del penol
como aquel pendiente que le di a Molly, la de Bristol.
¡Oh!, es a mí y no a la sentencia a quien van a suspender.
¡Ay, ay, ay! Todo está listo y yo también debo estarlo
por completo, temprano en la mañana.
Nunca debería hacerse con el estómago vacío.
Ellos me darán un bocado, apenas un trozo de galleta, antes de marchar.
De seguro un camarada me dará la copa de la despedida;
pero, quitando los ojos del cable cuando me suban,
¡sólo Dios sabe de quién será la mano que me cuelgue!
No hay silbato que lo ordene. Pero, ¿no es todo esto una mentira?
Hay niebla en mis ojos; es un sueño lo que estoy viviendo.
¿Un hacha para mi soga? ¿Dejarse ir a la deriva?
¿El tambor llama a beber un trago y Billy no lo sabrá nunca?
Donald me ha prometido estar junto a la tabla;
así podré estrechar una mano amiga antes de hundirme.
Pero… ¡No!, si lo pienso bien ya estaré muerto entonces.
Recuerdo a Taff el galés, cuando se hundió en el mar.
Su mejilla tenía el rosa del pimpollo.
A mí me envolverán en mi hamaca, y me dejarán caer en lo profundo.
Brazas y brazas en el mar, ¡cómo voy a soñar totalmente dormido!
Noto que entra sigiloso. ¿Centinela, estás ahí?
Sólo afloja estas cadenas en mis muñecas, y empújame despacio,
tengo sueño, y las algas encenegadas giran a mi alrededor.


© 2008 de Eric Schierloh & Bajo la luna

viernes, 12 de noviembre de 2010

Segundo volumen de la "Biblioteca Melville" (Bajo la luna)

“Arrowhead | in the Olden Time | A[nno].D[omini]. 1860”
Dibujo de Melville a bordo del barco Meteor.

Próximamente será editado Diario a bordo del Meteor (1860) & otros textos de Herman Melville. El libro, segundo volumen de la "Biblioteca Melville" (Bajo la luna), que está dedicado

A la memoria de
BENJAMIN RAY
(1835-1860)
marinero de la isla de Nantucket
que murió doblando el Cabo de Hornos

&

DAVID FOSTER WALLACE
(1962-2008),
que hablaba de langostas
y se colgó de la viga del tejado

 

contendrá:

· Prólogo
· Los años de silencio & poesía: entre Tierra Santa & el Cabo de Hornos (1857-1860)
· El diario de 1860
· Diario a bordo del barco «Meteor»
· Journal Kept on Board the Ship «Meteor»
· Cartas desde Pittsfield, Boston, el océano Pacífico, San Francisco & Boston otra vez (con una última carta desde Pittsfield dos años después)
· Melville como artista
· Cuatro poemas al capitán Thomas Melville
· Los años de silencio & poesía: entre el Cabo de Tormentas & una alegre fogata vespertina (1860-1863)
· Sobre un libro perdido de Herman Melville
· Mackie, Stannie & Bessie Melville: una descendencia trágica
Apéndice: Crónica de un tour por las cosechas del sur de Berkshire (1850), un poema de autor desconocido (!) & un reporte atribuido a Herman Melville
· Apéndice documental
· Nota sobre los diarios de Herman Melville
· Bibliografía
· El final del viaje: agradecimientos


Este es un fragmento del prólogo, donde se explica el contenido del volumen:

La presente traducción del diario a bordo del Meteor se complementa con una buena cantidad de materiales que, en cierta forma, y dada la brevedad del diario, vienen a  complementarlo: en primer lugar, su original en inglés; luego, las cartas que Melville escribió antes, durante y después del viaje, a su editor y amigo Evert Duyckinck, a sus hermanos Allan y Thomas, a sus hijos Malcolm y Bessie, a su cuñado Samuel Shaw y a su vecina de Pittsfield, la señora Sarah Morewood; el poema “The Admiral of the White”, que Melville habría compuesto a bordo del Meteor, y el poema-borrador navideño dedicado al capitán Thomas Melville junto con la versión modificada y finalmente publicada, muchos años después, en John Marr and Other Sailors, entre otros; el dibujo hecho a bordo del Meteor, que permite apreciar las insospechadas habilidades del novelista como artista, y dos breves ensayos: “Mackie, Stannie & Bessie Melville: una descendencia trágica”, sobre los hijos de Melville, dos de ellos muertos a temprana edad, y “Sobre un libro perdido de Herman Melville”, acerca de Poems, el primer libro de poemas que Melville dejó listo para ser publicado antes de emprender el viaje en el Meteor y que hoy, como tal, está perdido, y también sobre las dos novelas posteriores a Pierre y anteriores a Israel Potter que mencioné antes y que, igualmente, se tienen por perdidas. A modo de apéndice, y por razones que ya fueron comentadas, se traduce otra suerte de diario, también muy breve, la “Crónica de un tour por las cosechas del sur de Berkshire (1850)”, sobre un viaje en carro que Melville hizo por el condado con su primo Robert Melvill[1], entonces presidente del Comité Inspector de la Sociedad de Agricultura, y que además contiene, o al menos está ligado, a un poema de autor desconocido (!), y una carta-reporte del tour atribuida a Herman Melville. Por último, hay al final de este libro un “Apéndice documental”, donde se reproduce una serie de documentos gráficos relacionados con cada uno de estos textos.
     En este libro (al igual que en Lejos de tierra & otros poemas) dedico buena parte del tiempo y el espacio a la vida del autor.[2] En el Diario a bordo del Meteor (1860) & otros textos sigo a Melville durante los oscuros años transcurridos entre 1857 y 1863 en dos extensos capítulos: “Los años de silencio & poesía: entre Tierra Santa & el Cabo de Hornos (1857-1860)”, cuando Melville publica su último libro de ficción, deja Poems listo para ser publicado y entra en el largo y complicado silencio del retiro, y “Los años de silencio & poesía: entre el Cabo de Tormentas & una alegre fogata vespertina (1860-1863)”, que ocupa el viaje a bordo del Meteor y el regreso a New York para enfrentar el fracaso de Poems hasta un poco más allá del día en que Melville, listo para abandonar su granja de Pittsfield después de 13 años de vida rural, se muda definitivamente a New York y quema, previamente, una buena cantidad de manuscritos, entre ellos varios de sus poemas inéditos y las cartas que le había enviado su amigo Nathaniel Hawthorne durante la escritura y publicación de Moby-Dick.
     La vida de Herman Melville no parece haber sido, en términos generales, una vida feliz. David Kirby, autor del volumen dedicado al escritor en la colección “Literature and Life: American Writers” –el mejor libro breve sobre Melville que yo conozca–, ha propuesto que el adjetivo resignado parece ser el más adecuado a la hora de calificarlo: y claro, Bartleby, pero también “la historia de Agatha” de la que ya hablaremos, aunque no exclusivamente ni mucho menos, vendrían rápidamente a darnos la clave de todo esto, y hasta la razón. Pero también es cierto que en otros libros, así como en muchas cartas y en varios pasajes de sus diarios, aparece un Melville mucho más activo[3] (y hasta reactivo, incluso aún durante sus años de retiro), inconformista, capaz de demandarle con una autoridad innegable a las Letras de su propio país críticos más sutiles, capaces de leer libros que, de hecho, necesitaron por lo menos de dos nuevas generaciones para poder apreciarlos; un Melville seguro del desafío que encarnaba en tanto escritor y del precio que debía pagar (como tal pero también, en este caso, como hombre, como esposo y como padre) escribiendo libros destinados a fracasar aunque, en sus propias palabras, auténticos[4]. Así, los diarios y el resto de los textos presentados aquí pondrán en evidencia, eso espero, las sanas ambigüedades (y no hay palabra más melvilliana que esta dentro del universo que él fundó, ni de mayor importancia para la literatura moderna que él ayudó a modelar) que no puede evitar enfrentar todo aquel que, reconociendo la falta de lugar del individuo en el mundo, y la necesidad de, aún así, dotar ese mundo de sentido («mi sustituto de la pistola y la bala», Moby-Dick, I.3), elige capear cada uno de los cabos de tormentas de los que el hombre medio, por una cuestión de comodidad, simplemente se desentiende (y esta es, justamente, una de las grandes críticas melvillianas). El ejemplo más claro de esta tensión es una carta que a mí me gusta citar cada vez que tengo la oportunidad, porque es irreverentemente directa y porque no creo que exista ningún escritor auténtico que no sienta de inmediato el impulso de firmarla él mismo; una carta que Melville le escribió a su editor Richard Bentley el 5 de junio de 1849 en defensa de una de sus novelas: «Usted pensará que un hombre es indiscreto y hasta imprudente al escribir una obra profunda e impopular [se refiere a Mardi, su primera novela completamente à la Melville y, por lo tanto, llamada a fracasar entre sus contemporáneos] cuando pudo escribir otra calculada para complacer al lector común, sin atacarlo, por más bien que disimule su indiferencia o desprecio hacia él. Pero algunos de nosotros, escritores, mi querido señor, siempre tenemos algo de inmanejable que nos lleva a hacer esto o aquello, lo que debe ser hecho, para bien o para mal» (Correspondence, 132). 
     Antes escribí que un cambio de espacio parece haber sido, en principio, el origen de cada uno de los diarios de Melville. También que Melville previó para los diarios un uso literario (especial, aunque no exclusivamente, poético), como fuentes de textos que alguna vez iría a escribir. Lo que no es menos cierto es que Melville escribió un diario cada vez que debió alejarse de su propia familia, de su mujer y de sus hijos, y en este sentido creo que sus diarios pueden servir, además, para ahondar en ese misterio algo impenetrable que sigue siendo Melville como hombre.[5]



[1] Tal es la grafía original del apellido de la familia. Tras la muerte de su marido Allan en 1832 y antes de mudarse desde New York a Pittsfield con los niños, su mujer, Maria Gansevoort, la cambió por Melville. El resto de los Melvill, por su parte, mantuvo la grafía original.
[2] Lejos de tierra & otros poemas. Buenos Aires: Bajo la luna, 2008. De aquí en adelante Lejos de tierra.
Asombrosamente, ninguna “biografía” de Melville ha sido compuesta hasta ahora en español (me consta que el resto de las lenguas occidentales ha demostrado el mismo desinterés, excepción hecha del francés), y apenas dos de las más de 50 que existen en inglés han sido traducidas, y muy recientemente (la de Margaret Hardwick, Herman Melville. Madrid: Mondadori, 2006; y la de Andrew Delbanco, Melville. Barcelona: Seix Barral, 2007; ninguna de las cuales, por cierto, se cuenta entre las mejores, como es, indudablemente, el caso de las ya clásicas de Leon Howard & Newton Arvin, y de las más recientes de Laurie Robertson-Lorant & Hershel Parker). Para cuando haya completado por fin mi proyecto de la “Biblioteca Melville” (que incluye los tres libros de poemas que aparecieron antologados en Lejos de tierraBattle-Pieces, John Marr & Timoleon–, Clarel, los póstumos Weeds and Wildings & Burgundy Club, el mencionado Mi vieja chaqueta, los otros dos diarios, el volumen de conferencias y el de ensayos: Hawthorne y sus musgos & otros textos) tendré algo más de la mitad (1849-1891) de la biografía de Melville revisada, ya que cada uno de los volúmenes proyectados llevará, invariablemente, al menos un capítulo biográfico centrado en el contexto de escritura de cada obra. Paralelamente a estas traducciones trabajo en la primera mitad (1819-1848) de la vida de Melville y en el volumen de sus Cartas (1828-1890). Es de esperarse, entonces, que, casi involuntariamente, en un futuro no muy lejano haya logrado reunir material suficiente para poder darle forma definitiva a una biografía algo extensa y, espero, completa, la primera biografía austral de Herman Melville escrita en español, un libro que por ahora tiene el tentativo título de El mar es mi hermano. Vida de Herman Melville (sólo para empezar, bastaría con el peso que tienen en su obra la camaradería y el viaje –y con cambiar los océanos por las carreteras y los barcos por los automóviles–, para caer en la cuenta de que Jack Kerouac fue uno de los lectores más atentos de la obra de Melville, algo que por otra parte evidencian algunas de sus notas).
[3] Cuando los críticos hablan, como lo he hecho yo antes, del tópico de la pasividad de Bartleby (o de Thoreau, por caso), siempre me pregunto si esa pasividad no es también, de algún modo, actividad. Quiero decir: Bartleby se niega simbólica y pasivamente (si concedemos que el lenguaje puede ser esto último) a hacer, lo cual es un hacer en sí mismo (y de hecho es algo que en el texto, por decirlo de alguna manera, acaba por paralizar el universo todo); el de Bartleby es una suerte de desafío filosófico que, muy melvillianamente, contiene en su negación el espectro de todas las acciones positivas y la afirmación violenta de una subjetividad concreta: el preferir. Resulta difícil explicarlo, a fin de cuentas, porque en Melville todo es signo de algo que la realidad mantiene oculto y que el lenguaje no puede aprehender por completo, como aquel muro con el que Ahab identifica a la ballena blanca: «Todos los objetos visibles, hombre, son solamente máscaras de cartón» (Moby-Dick, XXXVI.164) & «Sólo el engaño es inmutable» (Pierre, XXV.ii.336).
[4] «Es enloquecedor y angustiante que un autor bajo ninguna circunstancia no pueda ser nunca totalmente franco con sus lectores» (carta a Evert Duyckinck, 14 de diciembre de 1849; Correspondence, 149).
[5] Durante los viajes para leer sus conferencias entre 1857 & 1860, por ejemplo, Melville visitaba algunas ciudades lejanas y luego se apresuraba en regresar a Arrowhead, confesándose enfermo de melancolía. Poco después de llegar, sin embargo, sentía la necesidad irrefrenable de volver a alejarse, ya partiendo nuevamente en un viaje, ya enfrascándose en algún nuevo proyecto literario siempre descomunal que lo mantenía encerrado y aislado por largas temporadas. En palabras de Leslie Fiedler, en los momentos críticos de su vida Melville siempre atravesaba el Atlántico (21). Al igual que Kafka, está claro que Melville fue un hombre que se relacionaba con las personas y el mundo principalmente a través de su literatura.

Ferian Internacional del Libro de Guadalajara, Méjico


Eric Schierloh, Pablo Katchadjian y Miguel Balaguer (editor de Bajo la luna) invitados a la 24º Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Méjico. 27 de noviembre al 5 de diciembre de 2010.

El miércoles 1º de diciembre está programada la "Muestra de literatura argentina contemporánea" en el Salón Mariano Azuela, planta alta, Expo Guadalajara, de 18:00 a 18:50 hs. 

El texto que leeré allí se llama "Literatura & Periferia" y pronto estará disponible en este blog.

Si Hamlet duda le daremos muerte (Libros de la talita dorada, 2010)


Si Hamlet duda le daremos muerte. Antología de poesía salvaje
City Bell: Libros de la talita dorada (colección Los detectives salvajes/7), 2010.
1a edición (octubre de 2010). 264 pp., 12 x 20 cm. ISBN 978-987-24647-6-9 



[CONTRATAPA]  
Si Hamlet duda le daremos muerte... consigna que no sabemos de dónde salió o quién la pronuncia, pero la invocamos como asedio jacobino necesario para hablar o dejarnos hablar por la poesía. si Hamlet duda, le daremos muerte... Anhelo de escapar de la tradición para alcanzar el encuentro entre poesía y generación. Deseo de hallar nuestra impronta para decir el mundo. Proyección que viaja como un virus hacia cada poeta y deviene diversas formas de ser y estar atravesado por la miseria, la belleza y ponerle cuerpo a la palabra. si Hamlet duda, le daremos muerte... No solicita permiso consagratorio, irrumpe como escritura atraída por la idea de que la poesía debe ser hecha por todos. Gesto salvaje, visceral, tras las búsqueda de poetas nacidos a la vera de los '70. si Hamlet duda, le daremos muerte... Los que vamos y venimos con ese ayer desenterrando restos en el nervio de la noche.  Nosotros sepultureros de osarios, detectives afásicos, mestizos, plagiarios, menores, literales, inevitablemente huérfanos y olvidados; herdiso por la derrota, nunca obnubilados por ella. Nosotros, tan maravillosos o decadentes como el lugar contra el que elegimos escupir este manojo de versos.


En esta antología se publicaron dos series de mis poemas, "Fragmentos de las estaciones" & "Fragmentos de las habitaciones", ambas del libro El Hombre-Montaña. Acá van dos poemas de la última serie:

Cuando mi mujer se ha ido a trabajar
y mi hijo duerme su siesta
y entonces hay que tapar las ventanas
con pesadas cortinas, silenciar
los ruidos de la casa, quitarse los zapatos,
sorber el café despacio y contemplar los minutos quietos
entonces hojeo el libro con los cuadros de Vincent
y la casa, cada cuarto de la casa, toda la casa,
cada mota de polvo en la casa
monta la brisa del aire fresco,
del aire de las lluvias venideras
que sopla desde los campos amarillos
y celebra su hora.

*   *   *

Los oigo respirar en la noche,
pero no los oigo respirar en la noche
porque estén enfermos sino porque he aprendido a hacerlo:
he aprendido a oírlos respirar en la noche de la misma forma
que un marinero aprende a oír el mar para conciliar el sueño.
Salgo del cuarto, entro en un cubo oscuro
donde las ventanas chorrean agua y por fin
doy con la salida. Tal como supuse: es noche sin luna
y sin estrellas, y apenas si hay algo de viento;
entonces me pregunto, con los pies desnudos sobre los hierbajos
del jardín—es la misma pregunta
que me he hecho un millón de veces—si la felicidad
no será apenas un recuerdo.


[PRENSA] ...

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Lejos de tierra & otros poemas de Herman Melville (Bajo la luna, 2008)


Lejos de tierra & otros poemas
de Herman Melville. Selección, traducción & notas: Eric Schierloh.
Buenos Aires: Bajo la luna (colección Poesía Bilingüe), 2008.
1a edición (octubre de 2008). 320 pp., 13 x 20 cm.
ISBN 978-987-9108-52-9


[CONTRATAPA]

Aunque veloz vuele la gloriosa fábula de la juventud,
no mires al mundo con ojos mundanos,
ni cambies con el clima de los tiempos.
Evita la llegada de la sorpresa:
quédate donde la Posteridad se quedará;
quédate donde los Antiguos se quedaron,
y sumergiendo tu mano en solitarias fuentes
bebe del saber que nunca cambia:
sabio una vez, y sabio para siempre.

Existe un Melville público: el autor de Moby-Dick, el creador de Bartleby, el fecundo narrador que escribió diez libros en once años. Pero hay otro Melville, íntimo e inconformista, que dedicó la mitad de su vida a escribir poesía: para él la poesía siempre representó un exilio del mundo literario, un último refugio. Muchas veces sus poemas son apenas una imagen, casi un haiku; otras, se extienden en reflexiones en las que el sujeto, "silencioso y solitario como al tierra", busca una reconciliación con el mundo.
Esta antología –la primera en castellano–, que incluye 59 poemas en edición bilingüe, una extensa y detallada cronología y poemas de Robert Buchanan, Hart Crane y W. H. Auden inspirados en la figura de Herman Melville, ofrecen a los lectores de habla hispana un autor completamente nuevo, descubriendo en la contracara de un clásico a un singular poeta norteamericano del siglo XIX. 

Leer el prólogo completo desde aquí. 

[PRENSA] 
El poeta y narrador Eric Schierloh (n. 1981) traduce y anota en abundancia esta selección bilingüe de la poesía de Melville. Atento a la letra y el sentido y prescindiendo de rima y métrica, el traductor anticipa un trabajo de mayor calado que incluiría en el futuro toda la poesía melvilleana. Mercedes Estramil, Cultural, El País 

En todos los casos, sale airoso el traductor, el poeta Eric Schierloh. A veces brinda versiones autónomas y otras, se acerca a una especie de guía para acceder más fácilmente al original en lengua inglesa. Juan Bautista Duizeide, ADN, La Nación 

La historia de Melville que ofrece Schierloh produce, de hecho, la emoción de una aventura, pero no se queda ahí. Porque como libro para escritores, es resultado –poco común en este tiempo– de una visión literaria intensa de Melville. Schierloh (1981), también novelista y poeta, pertenece a una especie de crítico que no suele abundar, un lector frenético de esos que articulan vida, obra y bibliografía consiguiendo un entramado narrativo que vuelve apasionantes hasta los tramos más áridos y específicos de la crítica. Guillermo Saccomanno, Radar, Página/12

Kilgore o Todo vuelve a su cauce más pronto o más tarde (Bajo la luna, 2010)


Kilgore o Todo vuelve a su cauce más pronto o más tarde
Buenos Aires: Bajo la luna (colección Buenos y breves), 2010.
1a edición (octubre de 2010). 208 pp., 13,5 x 21,5 cm. ISBN 978-987-9108-85-7

En 2006 Kilgore resultó finalista del I Premio de Novela Bruguera Editorial (España) que tuvo por jurado unipersonal a Eduardo Mendoza.


[CONTRATAPA
El lector debe ser advertido: la novela que tiene en sus manos es la obra de un fanático. Sí, de un fanático en la acepción más pop, liviana y contemporánea de la palabra, aquella que se apocopó en “fan” y que refiere al admirador embelesado, al imitador compulsivo, al seguidor incansable. Schierloh es, literalmente, una máquina de rendir tributo a sus escritores favoritos. Desde el título hasta el punto final, Melville, Hawthorne, el Sci-Fi estadounidense y fundamentalmente Kurt Vonnegut constituyen el Norte que dirige la deriva y el destino de esta novela.
Sin embargo, no hay que dejarse engañar por la digresiva profusión de referencias cruzadas y citas veladas: ésta es, también, la obra de un fanático en la acepción más dura del término, la que remite al francotirador, al inconformista obsesivo, al que hará lo que sea por modificar el status quo, y por ello no hay aquí homenaje que quede librado al azar, ni cabo suelto que se pierda por la borda. Schierloh intercala en la novela un cuaderno de bitácora valiosísimo en el que rinde cuentas sobre lo que él llama los inocentes hacecillos indistinguibles de la nada, cuyo imperceptible accionar decide en definitiva la trama narrativa de la novela.


[PRENSA] 

CONTARLO TODO 

En una novela en homenaje a Kurt Vonnegut y a Macedonio Fernández, el escritor platense Eric Schierloh plantea un relato que resume en sí retazos de todos los relatos del mundo, continuas digresiones que avanzan en un flujo continuo donde la vida es caos y los personajes se unen unos con otros por causas extrañas y disparatadas.

Metaficción –literatura que habla de literatura– u homenaje, si bien depende de cómo se lo llame, en todo caso es lo mismo. La cosa es que el nombre completo de Kilgore Trout esconde (de manera evidente, ya que el mismo narrador se encarga de aclararlo) un anagrama de Kurt Vonnegut. El narrador se jacta de que es ésta, Kilgore, la primera novela-homenaje al autor de Matadero Cinco y Dios te Bendiga, Mr. Rosewater. Más allá de este homenaje, Kilgore, segunda novela del escritor y traductor platense Eric Schierloh, tiene un único objetivo: contarlo todo. No sólo homenajear a uno de los escritores favoritos del autor, o narrar las memorias de Kilgore Fanshau, escritor de ciencia-ficción descatalogado, sobreviviente atípico de los bombardeos de Dresden, vagabundo, aspirante a mil y un oficio de los menos corrientes, y exiliado de golpe y porrazo a las costas rioplatenses, sino contarlo, literalmente, Todo. 

La novela está teñida por la transpiración de esa ansiedad; porque la idea misma de querer contarlo todo es, en sí misma, lo sabemos, imposible. Con tozuda tenacidad, las páginas de Kilgore están cargadas de citas, guiños, homenajes crípticos y no tanto, erudición sobre la alta y la baja cultura, cuya intencionalidad no radica tanto en la acción narrativa sino que las consecuencias poco y nada tienen que ver con las causas que las originaron. El texto es un flujo que avanza sin parar, concatenando una cosa con otra. Se salta entonces de los porcentajes de los muertos en los bombardeos aliados en Dresden a las habilidades de Pericles en la antigua Atenas, de la emblemática historia de Thoreau en su rancho, a los pormenores místicos del viejo Walt Whitman y las melancolías de Melville.

A la lección de que los personajes tengan carnadura, o bien de tridimensionalidad, Schierloh hace caso omiso, impone su propia voz como autor por sobre la de su personaje, y hace del deus ex machina estandarte y carta de navegación. A pesar de que una cosa no tenga nada que ver con la otra, todo vuelve, todo el tiempo, al cauce errático de la historia, como se señala también desde el subtítulo de la novela “Todo vuelve a su cauce más pronto o más tarde”. El cauce entonces no es un hilo, sino un ovillo, o una “galleta” como dirían los pescadores, donde la intención de disgregar continuamente funciona como acumulación progresiva: la idea de que un relato resume en sí mismo retazos de todos los relatos del mundo.

A pesar del cuidadoso bordado de la forma, Schierloh le da a su narración una fuerte impronta oral. El narrador remarca muchas veces el verbo “escuchen, escuchen”, como si fuera leído en voz alta. Mezclando un poco los tantos, podríamos decir que el estilo de Schierloh se acerca a lo que los raperos llaman “tener flow”; es decir, saber crear a capella asociaciones libres sin perder el ritmo ni menoscabar los juegos de palabras. Y esas asociaciones le sirven a Schierloh para darle un mazazo a la idea de mímesis de la novela realista. Para Schierloh la vida es un caos y sus personajes meras manchas de tintas en un papel, que se unen unos con otros por causas extrañas y disparatadas. Como en la primera novela “buena” de Macedonio Fernández, donde la literatura no era una copia de la realidad, sino la realidad entera, por eso la novela pasaba de un prólogo a otro, Schierloh, en cambio (aunque con un claro gesto macedoniano), estructura Kilgore en cuatro partes, que funcionan dentro del relato como epílogos de una vida que parece terminar pero que no termina nunca, porque a pesar de que el personaje muera en la narración, las cosas siempre siguen su curso, más pronto o más tarde.

Por Fernando Krapp. Página/12, Domingo, 13 de febrero de 2011.